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domingo, 6 de outubro de 2013

Falleció el legendario General Giap, héroe de Vietnam

 


giap_28_06_091El general Vo Nguyen Giap, figura central de la victoria de la guerra de Vietnam, murió a los 102 años, según informaron hoy fuentes militares y familiares.
El general falleció por causas naturales en el Hospital Militar 108 de Hanoi, informó una fuente militar del centro.
“Murió por su avanzada edad, no debido a ninguna enfermedad”, aseguró la fuente, en condición de anonimato.
Giap estuvo además en batallas significativas contra Estados Unidos como la ofensiva del Tet en 1968.

Este legendario general vietnamita nació en la aldea de Una Xa, provincia de Quang Binh el 25 de agosto de 1911. Era hijo de un campesino que, aunque carecía de tierras, sabía leer y escribir y luchó toda su vida contra el régimen colonialista impuesto a su país.
En 1926, siendo aún muy joven, comenzó a luchar por la liberación de Vietnam en el instituto en el que estudiaba. Se incorporó al Menh Dang del Tan Viet y, dos años más tarde, al Quoc hoc, organizaciones clandestinas que realizaban agitación contra la ocupación extranjera.
En 1930 fue detenido y condenado a tres años de prisión, pero fue liberado algunos meses después.
En 1933 entró en la universidad de Hanoi, aunque dos años después le expulsaron por realizar agitación revolucionaria.
En la universidad conoció a Dang Xuan Khu, que más adelante adoptaría el seudónimo de Truong Chinh, el principal ideólogo del comunismo vietnamita. Fue él quien incorporó a Giap al Partido Comunista de Indochina.
En 1937 logró terminar sus estudios de Derecho en la universidad y comenzó dar clases de historia en un instituto de Hanoi, aunque en realidad se dedicaba a organizar a los profesores y alumnos en la lucha revolucionaria.
En 1939 publicó su primer libro, juntamente con Truong Chinh, titulado La cuestión campesina donde analizaban el papel que debían desempeñar los jornaleros del campo como aliados del proletariado vietnamita en el proceso revolucionario.
El año anterior se había casado con una tailandesa, Dang Thi Quang, también militante comunista, y cuando al año siguiente el Partido Comunista de Indochina fue prohibido, Giap escapó a China, donde conoció a Ho Chi Minh y estudió las tesis de Mao Zedong sobre la guerra popular prolongada y la guerra de guerrillas, que luego aplicaría magistralmente a su propio país.
Pero la policía francesa detuvo a su mujer y a su cuñada y las utilizó como rehenes para presionar a Giap y lograr que se entregara. La represión fue feroz: su cuñada fue guillotinada y su mujer condenada a cadena perpetua, muriendo en la prisión después de tres años a causa de las brutales torturas. Los verdugos también asesinaron a su hijo recién nacido, a su padre, a dos hermanas y a otros familiares.
En mayo de 1941 en la conferencia de Chingsi (China), junto con Ho Chi Minh, funda el Dong Minh (Liga Vietnamita para la Independencia), más conocido como Vietminh, para agrupar las fuerzas antijaponesas en un único frente de liberación nacional.
Ese mismo año Giap se traslada a las montañas del interior de Vietnam para iniciar la guerra de guerrillas. Allí estableció una alianza con Chu Van Tan, dirigente del Tho, un grupo guerrillero de una minoría nacional de Vietnam del noreste. Giap comenzó a construir el Tuyen Truyen Giai Phong Quan, un ejército capaz de expulsar al ocupante francés y sostener el programa del Vietminh.
Inició una campaña de dos años de propaganda armada y de reclutamiento, convirtiendo a los campesinos en guerrilleros con una combinación del entrenamiento militar y la formación política comunista. A mediados de 1945 tenía ya unos 10.000 hombres bajo su mando y pudo pasar a la ofensiva contra los japoneses que ocupaban todo el sudeste de Asia.
Junto con Ho Chi Minh, Giap dirigió sus fuerzas hacia Hanoi en agosto de 1945, y en septiembre Ho Chi Minh pudo proclamar la independencia de Vietnam, con Giap al mando del ejército revolucionario.
En la posterior guerra contra el colonialismo frances, Giap demostró la superioridad de la guerra popular sobre las fuerzas imperialistas obteniendo una espectacular victoria el 7 de mayo de 1954 en la decisiva batalla de Dien Bien Phu, una valle situado a unos 300 kilómetros al oeste de Hanoi en el que se habían atrincherado las fuerzas ocupantes francesas, confiadas en la protección de las montañas y en conseguir batir a las fuerzas revolucionarias cuando descendieran.
De los 15.094 mercenarios franceses que se agruparon en Dien Bien Phu, después de casi seis meses del sitio, solamente 73 lograron escapar del cerco, mientras que 5.000 murieron y 10.000 fueron capturados. Giap y el general Denhg lanzaron un asalto frontal a la guarnición que arrojó a los colonialistas franceses definitivamente de Indochina. El ejército de Giap y Denhg padeció la muerte de 25.000 combatientes.
Giap y Denhg derrotaron a los imperialistas con una acumulación logística extraordinaria y un uso eficaz de la artillería bien protegida. Los 60 cazabombarderos norteamericanos B-29 que acudieron en apoyo de la guarnición francesa, no lograron su objetivo, obligando a los imperialistas a diseñar un plan criminal elaborado por el almirante norteamericano Radford y el general francés Navarre consistente en arrojar bombas nucleares contra las fuerzas revolucionarias.
La campaña de Dien Bien Phu fue la primera gran victoria de un pueblo colonial y feudal, con una economía agrícola primitiva, contra un experimentado ejército imperialista sostenido por una industria y pujante moderna bélica. Los más concidos generales franceses (Leclerc, De Lattre de Tasigny, Juin, Ely, Sulan, Naverre) fracasaron uno tras otro frente a unas tropas integradas por campesinos pobres pero decididas a luchas hasta el final por su país y por el socialismo. Los gobiernos de París fueron cayendo también a medida que sus generales eran derrotados en los alejados arrozales, poniendo al descubierto la fragilidad de la IV República.
Vietnam resultó dividido y Giap fue nombrado ministro de Defensa del nuevo gobierno del Vietnam del norte que, al tiempo que continuaba la guerra popular, se esforzaba por construir una nueva sociedad socialista.
Como comendante del nuevo ejército popular, Giap dirigió la lucha en la guerra de Vietnam contra los nuevos invasores norteamericanos en el sur del país, que una vez más comenzó bajo la forma de guerra de guerrillas. Los primeros soldados estadounidenses murieron en Vietnam cuando el 8 de julio de 1959 el Vietcong atacó una base militar en Bien Hoa, al noreste de Saigon. Ese año más de 1.000 lacayos del imperialismo americano fueron ajusticiados por los guerrilleros del Vietcong y antes de 1961 otros 4.000 habían caido.
Cuatro presidentes americanos lucharon sucesivamente contra Vietnam, dejando el rastro de sangre de 57.690 mercenarios americanos ejecutados. Por parte vietnamita murieron 600.000 combatientes pero finalmente los Estados Unidos fueron obligados a salir del país en 1973. Dos años más tarde el país fue reunificado, cuando un tanque del ejército revolucionario embistió la valla de protección de la embajada americana, mientras los últimos imperialistas huían precipitadamente en un helicóptero por el tejado del edificio.
A partir de entonces Giap siguió siendo ministro de Defensa de Vietnam y miembro de pleno derecho del Politburo del Partido Comunista de Vietnam, cargo que ocupó hasta 1982.
Tras su cese, dirigió la Comisión de Ciencia y Tecnología, y en julio de 1992, le concedieron la orden de la estrella del oro, el honor más alto del nuevo Vietnam socialista.
El general Giap no sólo fue un maestro en el arte de dirigir la guerra revolucionaria, sino que además escribió sobre ella en 1961 su famosa obra “Guerra popular, ejército popular”, un manual de la guerra de guerrillas basado en su propia experiencia. En él establece los tres fundamentos básicos que debe disponer un ejército popular para lograr la victoria en la lucha contra el imperialismo: dirección, organización y estrategia. La dirección del Partido Comunista, una férrea disciplina militar y una línea política adecuada a las condiciones económicas, sociales y políticas del país.
Definió la guerra popular como “una guerra de combate para el pueblo y por el pueblo, mientras que la guerra de guerrillas es simplemente un método del combate. La guerra popular es un concepto más general. Es un concepto sintetizado. Es una guerra a la vez militar, económica y política”. La guerra popular no sólo la hace un ejército, por más que sea popular, sino que la hace todo el pueblo porque es imposible que un ejército revolucionario, por sí mismo, pueda lograr la victoria contra la reacción, sino que es todo el pueblo el que tiene que participar y ayudar en una lucha, que necesariamente debe ser prolongada.
Como buen guerrillero, Giap sabía que el éxito de la victoria cuando hay una desproporción tan grande de fuerzas, se basa en al iniciativa, la audacia y la sorpresa, lo que exige que el ejército revolucionario se desplace continuamente. Destacó como un genio de la logística, capaz de movilizar continuamente importantes contingentes de tropas, siguiendo los principios de la guerra de movimientos. Lo hizo así contra los colonialistas franceses en 1951, infiltrando a un ejército entero a través de las líneas enemigas en el delta del río Mekong, y otra vez adelantando la ofensiva de Tet en 1968 contra los estadounidenses, cuando situó a millares de hombres y toneladas de aprovisionamientos para un ataque simultáneo contra 35 centros estratégicos del sur.
La batalla de Ia Drang (19 de octubre-27 de noviembre de 1965) fue una de las más importantes del combate para ambos bandos durante la guerra de liberación de Vietnam. Tras ella el general imperialista Westmoreland creyó que la movilidad aérea y la potencia de fuego en gran escala serían la respuesta a la estrategia de Giap, pero éste apostó a sus soldados tan cerca de las líneas americanas que los B-52 soltaban las bombas encima de sus propias filas.
Todavía hoy las tácticas guerrilleras de Giap constituyen una de las fuentes de estudio de las estrategias miliatares en el mundo.
 Fonte: CUBADEBATE

sábado, 5 de outubro de 2013

Nos Estados Unidos, o rancor e o cálculo


Onde o rancor deveria ceder perante a razão, entra em cena o cálculo. Que cálculo? É que, além do enfrentamento com Obama e os demais democratas, além da ideologia do Estado Mínimo, está em jogo a disputa pela liderança e o controle do Partido Republicano. A ala mais radical deste partido, estimulada pelo Tea Party ou dele simpatizante, perdeu terreno na última eleição, embora o partido tivesse mantido o controle da Câmara Baixa. Agora revidam, impondo o comportamento mais sectário e pondo a prêmio a cabeça de líderes vistos como mais “moderados”. 



Berlim - Mais e mais, à medida que seus pressupostos teóricos e suas iniciativas práticas vão desmoronando à vista de todos, os agentes e porta-vozes da direita vão se tornando rancorosos. Estão perdendo terreno em várias frentes (o que não quer dizer que a esquerda avance necessariamente), embora detenham centros ou focos de poder muito importantes.

Na Igreja Católica, diante de declarações ousadas de Francisco I, reacionários da gema articulam passeatas anti-aborto, cobram com veemência declarações mais reacionárias por parte do Papa. Na Europa, os populismos de direita investem o quanto podem. Na Noruega o governo de direita recém-empossado apresta-se a investir contra os romas e sintis (ciganos, mas eles não gostam deste termo). Na Hungria o governo lança lei que proíbe os sem-teto de dormirem na rua.

No Brasil acompanho algo perplexo as perorações pseudo-acadêmicas que se derramam pela velha mídia acusando o “isolamento” a que a atitude soberana da presidenta Dilma em relação a espionagem norte-americana teria levado o Brasil. O clima é de invectiva contra a presidenta; mas não consegue disfarçar o velho viés entreguista revestido agora de algo como um “me espiona que eu gosto”. Citam à guisa de fontes diplomatas europeus, japoneses, ou outros, para condenar os justos reclamos brasileiros por um novo protocolo internético mundial, esquecendo que os serviços secretos daqueles países e regiões se tornaram verdadeiros “puxadinhos” do norte-americano.

E por aí “la nave va”. Nos Estados Unidos não é diferente. Os sectários republicanos, entricheirados na sua maioria da Câmara dos Deputados em Washington, agora se atracam com os democratas e com o presidente Obama para tentar impedir que o Affordable Care Act, também conhecido popularmente como “Obamacare”, entre em vigor – embora ele já tenha entrado.

Qual é o problema? O “Obamacare” estende a 15% do povo norte-americano (48 milhões de pessoas, quase um quarto da população brasileira) a seguridade de saúde de que eles não dispõem. Trata-se de uma expansão de um sistema público de saúde, em detrimento do setor privado. Foi aprovado no Congresso anterior norte-americano, em que os democratas tinham maioria na Câmara. Foi aprovado também na Suprema Corte dos Estados Unidos, que o considerou constitucional, diante de uma ação dos republicanos pedindo a declaração da sua inconstitucuionalidade. Em resumo, isto é de deixar a extrema-direita norte-americana, parlamentar ou não, espumando de raiva.

Em consequência, os republicanos decidiram usar sua maioria na Câmara para chantagear o Executivo, bloqueando a aprovação da previsão orçamentária para o novo ano fiscal, que nos Estados Unidos começa em outubro, a menos que o “Obamacare” fosse posposto por um ano, para novas negociações. Na verdade estes republicanos não qurem negociar nada, querem simplesmente impedir que esta lei entre em vigor, já que ela contraria sua defesa renitente do Estado Mínimo, das privatizações de tudo e também rende e renderá uma enorme popularidade a Obama e aos democratas.

Em consequência deste bloqueio várias agências e setores do governo federal já começaram a fechar suas portas ou a diminuir o ritmo de atendimentos, como no sistema de saúde. Parques nacionais e museus estão fechados, o salários e pensões de funcionários, veteranos de guerra, aposentados serão supensos ou atrasados. A NASA reduziu suas atividades, e assim por diante. Os republicanos estão provocando, enfim, a paralisia do Estado, o que pode, inclusive, mergulhar o país numa nova recessão.

Republicanos mais moderados eram contrários ou pelo menos renitentes em relação a este radicalismo. Pesa-lhes ainda a lição de 1996, quando o presidente da casa. Newt Gringrich, aplicou o mesmo remédio contra o então presidente Bill Clinton. Na eleição seguinte os republicanos perderam a maioria que tinham no Parlamento. O mesmo pode suceder-lhes agora, com a eleição parcial de 2014.

Porém aqui, onde o rancor deveria ceder perante a razão, entra em cena o cálculo. Que cálculo? É que, além do enfrentamento com Obama e os demais democratas, além da ideologia do Estado Mínimo, está em jogo a disputa pela liderança e o controle do Partido Republicano. A ala mais radical deste partido, estimulada pelo Tea Party ou dele simpatizante, perdeu terreno na última eleição, embora o partido tivesse mantido o controle da Câmara Baixa. Agora revidam, impondo o comportamento mais sectário e pondo a prêmio a cabeça de líderes vistos como mais “moderados”, como o presidente desta, John Boehner.

São parlamentares como Ted Cruz, Eric Cantor, Kevin McCarthy, Paul Ryan (que foi vice na chapa de Mitt Romney), Marco Rubio, Rand Paul: são em geral jovens, agressivos, animados pelo cálculo de que perderam a última eleição presidencial porque a “moderação”vigente privou o partido de mais apoios à direita.

Já vinham rosnando alto antes, por exemplo, bloqueando a indicação de um “Embaixador da Ciência” – cargo honorário para o qual, sem vencimentos, a Associação Científica norte-americana indicaria um de seus membros, cuja tarefa seria visitar escolas animando jovens a se tornarem cientistas, em nome do Estado norte-americano. Por que bloquearam a indicação? Porque temem que o cientista nomeado vá alertar os jovens quanto ao aquecimento global, coisa em que eles não acreditam.

Prova, mais uma vez, de que o rancor e o cálculo, assim como a estupidez, não têm limites.

Fonte: Carta Maior

sexta-feira, 4 de outubro de 2013

O sonho naufragado: a Revolução de Outubro e a questão nacional



Michael Löwy∗∗
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Neste estranho final de século de um mundo deixado aos nacionalismos mortíferos, às “faxinas étnicas”, às guerras tribais e à rivalidade feroz dos tubarões financeiros pelo controle do mercado mundial, é interessante aproveitar o aniversário de 1917 para revisitar o sonho dos revolucionários de Outubro: uma livre federação socialista de república s autônomas. Como foi elaborada a reflexão dos bolcheviques sobre a questão nacional e em que medida sua prática, nos primeiros anos da União Soviética, esteve à altura dos princípios expressos ?
A herança marxiana, à exceção de algumas grandes linhas estratégicas – a unidade internacionalista dos trabalhadores, a recusa da opressão de um povo sobre outro – era bastante limitada nesse terreno.
Mesmo que se faça abstração dos preocupantes deslizes de Engels em 1848-1850 – a teoria dos “povos sem história” (eslavos do sul) – , faltava aos fundadores do socialismo moderno uma reflexão mais aprofundada sobre a questão nacional e suas implicações para o movimento operário. É verdade que se bateram pela independência da Polônia, mas não é evidente que o tenham feito em nome de um
princípio geral – direito à autodeterminação dos povos – ou simplesmente porque os poloneses lutavam contra a Rússia czarista, principal fortaleza da reação na Europa. Mais interessantes sãos seus escritos sobre a Irlanda, que parecem – após hesitação inicial – esboçar uma perspectiva mais ampla: somente a libertação nacional do povo oprimido permite ultrapassar a divisão e os ódios nacionais e unir os operários das duas nações contra seus inimigos comuns, os capitalistas
1. A primeira grande obra marxista sobre a questão nacional é, sem dúvida, La question des natinalités et la social-démocratie 2(1917) de Otto Bauer (1987). Ao definir a nação como produto inacabado de um processo histórico constantemente em andamento, o pensador austro-marxista deu uma importante contribuição ao combate à fetichização do fato nacional e aos mitos reacionários da “nação eterna”, pretensamente enraizada no “sangue e no solo”. Seu programa de autonomia nacional cultural era uma proposta rica e construtiva, mas ficava num impasse frente a uma questão política capital: o direito democrático de cada nação se separar e constituir um Estado independente.
Alguns marxistas do Império russo, como os militantes judeus do Bund3 e alguns movimentos socialistas caucasianos ou bálticos, manifestaram muito interesse pelas teses de Otto Bauer e de seus amigos austro-marxistas. Mas este não foi o caso das
correntes majoritárias do Partido Operário Social-Democrata Russo. Sua posição comum, adotada durante o congresso do POSDR de 1903 – antes da cisão! – afirma, no item 9, o direito à autodeterminação das nações do Império Russo.
Rosa Luxemburgo era bastante reservada no que se refere a essa concepção. Hostil ao separatismo nacional – e concretamente à palavra de ordem de independência da Polônia, que ela considerava, por razões econômicas, como “utópica” – preconizava, como programa de uma revolução contra o Império czarista, a autonomia regional, concebida como auto-administração de cada província, região ou município no contexto de um Estado democrático multinacional. Ela distinguia sua posição da defendida pelos austro-marxistas que, segundo Rosa, ergueriam barreiras entre as
nacionalidades.
Leon Trotsky, na sua brochura de 1914, La Guerre et l’Internationale, parece hesitar entre uma postura de tipo economicista, que deduz da internacionalização da economia o iminente desaparecimento dos Estados nacionais, e um procedimento mais político que reconhece no direito à autodeterminação das nações a condição da paz entre os povos. Na mesma época, num artigo sobre “Nation et économie” (1915), reconhece explicitamente a importância histórica do fator nacional: “ a nação constitui um fator ativo e permanente da cultura humana. E no regime socialista a nação, liberada da corrente da dependência política e econômica, será chamada a desempenhar um papel fundamental no desenvolvimento histórico...” (Trotsky, 1975: 48).
Antes de entrar no debate, Lênin envia, em 1913, um bolchevique georgiano, Joseph
Vissarionovitch Djugashvili, a Viena, para elaborar um texto que exporia, de modo sistemático, a posição de seu partido, fiel à resolução de 1903 do POSDR Contrariamente a uma lenda tenaz – para a qual o próprio Trotsky contribuiu, ao fazer a biografia de Stalin – a brochura do georgiano em questão não foi escrita sob a inspiração direta de Lênin. Este parece ter ficado um pouco decepcionado com o resultado, pois só a cita, nos seus numerosos textos sobre a questão nacional, uma única vez, en passant, e entre parênteses, num artigo de 28 de dezembro de
1913. Sem dúvida, a brochura de Stalin defendia a tese central dos bolcheviques: o direito à separação das nações do Império russo. Mas, sobre um número de questões importantes, estava em contradição direta com as idéias de Lênin, tais como serão
desenvolvidas ao longo dos anos seguintes4.
Para citar apenas dois exemplos:
1. Stalin só reconhecia como nações os povos com uma comunidade de língua, de território, de vida econômica e de “formação psíquica”. É inútil procurar tal visão a-histórica, dogmática, rígida e petrificada da nação em Lênin – que, aliás,rejeitava explicitamente o conceito de “caráter nacional” ou particularidade psicológica” das nações, emprestado de Otto Bauer por Stalin.
2. Stalin não fazia distinção entre nacionalismo de opressores e de oprimidos, isto é, entre o nacionalismo grão-russo do Estado czarista e o dos povos oprimidos – poloneses, judeus, tártaros, georgianos, etc. Os dois caminham lado a lado, como
manifestações de um “chauvinismo grosseiro”. Ora, como veremos, esta distinção ocupa um  lugar central na reflexão de Lênin.
O ponto de partida de Lênin, como o de Marx, Rosa Luxemburgo ou Trotsky, era o
internacionalismo proletário. É com relação a esta premissa política básica que aborda a questão nacional. Mas, ao contrário de alguns de seus camaradas, Lênin percebe o laço dialético entre o objetivo internacionalista e os direitos nacionais. Antes de tudo, porque – para utilizar uma metáfora que o fundador do partido bolchevique gostava muito – só o direito ao divórcio garante o livre casamento: somente a liberdade de separação torna possível uma livre e voluntária união, associação ou fusão entre as nações. Em seguida, porque – como Marx e Engels haviam compreendido no que se refere à Irlanda – só o reconhecimento, pelo movimento operário da nação dominante, do direito à autodeterminação da nação dominada, permite eliminar o ódio e a desconfiança dos oprimidos e unir os proletários das duas nações num combate comum contra a burguesia.
A insistência de Lênin sobre o direito à separação não significa de modo algum que fosse favorável ao separatismo e à divisão infinita dos Estados conforme as linhas de fratura nacional.
Ao contrário, espera que, graças à livre disposição que os povos têm de seu destino, os Estados multinacionais se mantenham: “quanto mais o regime democrático de um Estado se aproxima da inteira liberdade de separação, mais serão raras e fracas, na prática, as tendências à separação, pois as vantagens dos grandes Estados, tanto do ponto de vista do progresso econômico como dos interesses da massa, são indubitáveis...” (Lenin, 1968: 160).
O que distingue Lênin da maioria de seus contemporâneos é que ele dá ênfase – tanto no que diz respeito à questão nacional como em outros domínios – ao aspecto propriamente político da contradição. Enquanto os outros marxistas vêem sobretudo a dimensão econômica, cultural ou “psíquica” do problema, Lênin insiste, em seus artigos dos anos de 1913 a 1916, no fato de que a questão do direito das nações a disporem de si próprias “remete inteira e exclusivamente ao campo da Democracia  política”, ou seja, ao campo do direito à separação política, à constituição de um Estado nacional independente (Lenin, 1968: 158).
É inútil dizer que o aspecto político da questão nacional, para Lênin, não é o mesmo dos chanceleres, diplomatas, e, após 1914, dos exércitos em guerra. Para ele, é indiferente saber se uma ou outra nação terá ou não um Estado independente, ou quais serão as fronteiras entre dois Estados. Seu objetivo é a democracia e a unidade internacionalista do proletariado, que exigem ambas o reconhecimento do direito à autodeterminação das nações. Com este objetivo, defende com insistência a unificação, num mesmo partido, dos trabalhadores e dos marxistas de todas as nações que viviam no âmbito de um mesmo Estado, o Império Czarista – russos, ucranianos, poloneses, judeus, georgianos... – para poder lutar contra o inimigo comum: a autocracia, as classes dominantes.
A principal objeção que se poderia formular à posição de Lênin, sobre a questão nacional é a recusa total da problemática austro-marxista da autonomia nacional cultural – defendida na Rússia sobretudo pelo Bund. A proposta leninista de autonomia administrativa local pelas nações não dava conta dos problemas das nacionalidades extraterritoriais como, por exemplo, os judeus5.
A hesitante política praticada pelos diferentes governos “burgueses” que se sucederam após a Revolução de Fevereiro de 1917, incapazes de romper com a herança do czarismo, favoreceu a captação dos sentimentos nacionais pelos bolcheviques: como escreveu Trotsky, na História da Revolução Russa, a torrente nacional, assim como a agrária, desembocava no rio da Revolução de Outubro”.
Em que medida a prática de Lênin e de seus camaradas no poder esteve conforme aos princípios enunciados nos textos teóricos e nas resoluções partidárias? É difícil de responder a esta pergunta, tanto é complexa, confusa e contraditória a política nacional do Estado soviético durante os anos de formação da URSS. O que predomina é, inevitavelmente, uma grande dose de pragmatismo, de empirismo e de adaptação às circunstâncias, com múltiplas distorções das doutrinas bolcheviques
sobre a questão nacional.
Algumas dessas “adaptações” foram positivas, no sentido de maior democracia pluralista. Outras, ao contrário, constituíram violações brutais do direito dos povos a disporem de si próprios: entre estes dois extremos, há uma vasta “zona cinzenta”...
Apenas uma semana após a tomada do poder, os revolucionários de Outubro publicam uma declaração que afirma solenemente a igualdade de todos os povos da Rússia e seu direito à autodeterminação, até mesmo à separação. Muito rapidamente o poder soviético reconheceu – em parte, como uma situação de fato, mas também por um autêntico desejo de romper com as práticas imperiais e de reconhecer os direitos nacionais – a independência da Finlândia, da Polônia e dos países bálticos (Lituânia, Letônia, Estônia). O destino da Ucrânia, das nações do Cáucaso e de outras regiões “periféricas” foi decidido durante a guerra civil com, na maior parte dos casos, uma vitória dos bolcheviques “locais”, mais ou menos – de acordo com os casos – ajudados pelo Exército vermelho em formação6.
A primeira “distorção positiva” foi a Declaração dos direitos do povo trabalhador e explorado, de 1918, redigida por Lênin. Era um apelo à formação de uma federação de repúblicas soviéticas, fundada sobre a aliança livre e voluntária dos povos. Esta afirmação explícita do princípio federativo é uma verdadeira mudança com relação às posições anteriores de Lênin e de seus camaradas, que – como dignos herdeiros da tradição jacobina – eram hostis ao federalismo e favoráveis a um Estado unitário e
centralizado. Embora não fosse explicitamente assumida nem justificada teoricamente, tratou-se de uma mudança altamente positiva7.
Outra “adaptação democrática” foi a prática do poder soviético sobre a minoria judia. Antes de 1917, Lênin e os bolcheviques sempre atacaram as teses austro-marxistas e seus partidários judeus na Rússia – o Bund. Porém, não deixaram de adotar, ao longo dos primeiros anos da revolução, uma política inspirada, em larga escala, pela autonomia nacional cultural. O ídiche obtém o estatuto de língua oficial na Ucrânia e na Bielo-Rússia e revistas, bibliotecas, jornais, editoras, teatros e até mesmo centenas de escolas de ídiche se desenvolveram. Em Kiev foi criado um Instituto Universitário Judeu que rivalizava com o célebre YIVO de Vilna. Ou seja,sob a égide dos sovietes, e no contexto de uma política de autonomia cultural, assistia-se a um verdadeiro desabrochar cultural ídiche – enquadrado, é verdade, pelo “despotismo esclarecido” da Yevsekzia, a seção judia do partido bolchevique, composta em grande parte por antigos bundistas e sionistas de esquerda ganhos ao comunismo pela Revolução
de Outubro8.
Quanto às violações dos direitos democráticos dos povos, fazendo-se abstração de condições mais ou menos discutíveis da “sovietização” da Ucrânia e das nações caucasianas, dois casos se apresentam como particularmente significativos: a invasão da Polônia, em 1920, e a da Geórgia, em 1921.
Violentamente hostil aos Sovietes, o regime polonês do Marechal Pilsudski, manipulado e apoiado pelo imperialismo francês, invadiu a Ucrânia soviética em abril de 1920 e chegou até Kiev.
A contra-ofensiva do Exército Vermelho logo o obriga a recuar, mas as forças soviéticas perseguiram o invasor e violaram a fronteira polonesa, chegando em agosto às portas de Varsóvia – antes de serem obrigados, por sua vez, a recuar para o ponto de partida. A decisão de invadir a Polônia foi tomada pela direção soviética, sob o impulso do próprio Lênin – contra a opinião de Radek, Trotsky e Stalin, que, pelo menos uma vez, estiveram de acordo. Certamente não se tratava de um projeto de anexação da Polônia, mas de “ajudar” os comunistas poloneses a tomarem o poder, estabelecendo uma república soviética polonesa. O que não impede que tenha sido
uma verdadeira e evidente violação do princípio  da autodeterminação dos povos:  como o próprio Lênin repetia inúmeras vezes, não cabia ao Exército vermelho impor o comunismo a outros povos. O caráter efêmero e precário desta iniciativa limita contudo seu alcance – mesmo tendo deixado rastros na memória coletiva polonesa.
Ainda mais grave foi o caso georgiano. República independente, reconhecida como tal pelo poder soviético – acordos de paz de 1920 –, dirigida por um governo menchevique apoiado pela grande maioria da população (o campesinato), a Geórgia foi, entretanto, invadida em fevereiro de 1921 pelo exército vermelho e “sovietizada” à força. Tratou-se, sem dúvida, do caso mais flagrante e mais brutal de desrespeito, pelo Estado soviético em formação, ao direito democrático dos povos a disporem de si próprios.
A iniciativa foi tomada por dirigentes bolcheviques de origem georgiana, Stalin e Ordjonikidze, que a justificaram em nome de uma pretensa insurreição geral dos operários e camponeses georgianos sob direção comunista – na verdade uma iniciativa bastante minoritária de um grupo bolchevique, perto da fronteira soviética – contra o governo menchevique. Avalizada por Lênin e pela direção soviética, a invasão instalou, após um mês de combate, um governo bolchevique em Tíflis, assegurando
assim a associação da Geórgia à Federação Soviética.
A hostilidade da maioria da população a esta imposição “externa” se manifestou de modo explosivo em 1924 com a insurreição popular massiva dirigida pelos mencheviques.
Trotsky estava ausente de Moscou, em viagem aos Urais, e não participou desta decisão. Logo, é surpreendente que tenha decidido endossar, diante da opinião pública russa e internacional, a responsabilidade desta operação, escrevendo um panfleto que legitima a sovietização forçada da Geórgia:
Entre vermelhos e brancos(1922). Este texto, um dos mais polêmicos do fundador do Exército vermelho, assim como Terrorismo e comunismo, pertence ao período mais radicalmente “substitucionista”  de sua vida política. Nos dois casos, sob a bandeira de denunciar o “democratismo pequeno-burguês” de Kautsky e da social-democracia, corre o risco de eliminar inteiramente a democracia.
Mesmo que se aceite (o que está longe de qualquer evidência) todas as virulentas críticas dirigidas por Kautsky à “Gironda georgiana” dos mencheviques –  regime burguês, anticomunista, protegido pelo imperialismo inglês, dissimuladamente aliado a Wrangel e aos “brancos”, repressivo contra os militantes bolcheviques georgianos (presos em massa) –, ainda não se vê como justificar a invasão: o governo burguês finlandês era, sob todos os aspectos, bem pior (execuções massivas de militantes
comunistas) e, no entanto, jamais se cogitou de invadir a Finlândia independente. O argumento da “insurreição bolchevique georgiana” é, de acordo com a confissão de Lominadze, secretário-geral do partido comunista georgiano, pouco substancial: “Nossa revolução começou em 1921, pela conquista da Geórgia por meio das baionetas do Exército vermelho. A sovietização da Geórgia apresentou-se como uma espécie de ocupação pelas tropas russas”9.
O pior foi que – para retomarmos uma expressão utilizada por Rosa Luxemburgo em 1918, ao criticar seus camaradas bolcheviques – Trotsky “fez da necessidade uma virtude”: tentou formular uma justificação teórica, “de princípio”, sobre a intervenção na Geórgia. Seu primeiro argumento é tipicamente economicista: “É normal que o direito dos povos a disporem de si próprios não saberia estar acima das tendências unificadoras, características da economia socialista” (Trotsky, 1970: 154-155). Para ele, a federação soviética deve combinar a unificação econômica com a liberdade das
diferentes culturas nacionais. O que desaparece, neste raciocínio, é pura e simplesmente o aspecto propriamente político – a liberdade de separação, condição indispensável à livre união.
Pior: Trotsky chegou a sugerir que o direito à autodeterminação só se aplica em caso de luta contra o Estado burguês: “não somente reconhecemos, como apoiamos com todas as nossas forças, o princípio do direito dos povos a disporem de si próprios onde for dirigido contra os Estados feudais, capitalistas, imperialistas. Porém, onde a ficção da autonomia nacional, nas mãos da burguesia, se transforma em arma contra a revolução do proletariado, não temos nenhuma razão para agirmos de modo diferente do que fazemos com todos os princípios da democracia transformados em opostos
pelo Capital” (1970: 159). Ao ler estas linhas, temos dificuldades em compreender porque Trotsky se opunha tão categoricamente à invasão da Polônia em 1920: a independência da Polônia não se tornaria – bem mais que a da Geórgia, que jamais ousara invadir o território soviético – “uma arma nas mãos da burguesia contra o proletariado”?
Ainda mais interessante – e, em certa medida, contradiz o que acabamos de ler – é o trecho seguinte: “a República soviética de modo algum se dispõe a substituir com sua força armada os esforços revolucionários do proletariado de outros países. A conquista do poder por este proletariado deve ser o fruto de sua própria experiência política. Isto não significa que os esforços revolucionários dos trabalhadores – da Geórgia, por exemplo – não possam encontrar um apoio armado externo.
Porém, é preciso que este apoio venha no momento em que a necessidade foi preparada pelo desenvolvimento anterior e amadureceu na consciência da vanguarda apoiada pela simpatia da maioria dos trabalhadores” (Trotsky, 1970: 158).
Esta afirmação tem a vantagem de reafirmar o princípio democrático do direito das nações a disporem de si próprias, justificando um “apoio externo” somente aos movimentos que gozam da simpatia da maioria popular. O problema é que, com toda evidência, este não foi o caso na Geórgia...
Foi a respeito da Geórgia que aconteceu o confronto entre Lênin, já gravemente doente, e Stalin, em 1922-1923: o “último combate de Lênin”, de acordocom o título do célebre livro de Moshé Lewine(1967). As divergências entre os dois dirigentes bolcheviques se acentuaram ao longo dos anos, mas a partir de 1920 pode-se perceber uma lógica radicalmente diversa na elaboração de seus escritos e
propostas. Enquanto Lênin insiste na necessidade de uma atitude tolerante com relação aos nacionalismos periféricos e denuncia o chauvinismo grã-russo, Stalin vê nos movimentos nacionais centrífugos o principal adversário, e se esforça em construir um aparelho estatal unificado e centralizado. Após a invasão da Geórgia em 1921, propõe que se tente chegar a um compromisso com Jordânia, o líder dos mencheviques  georgianos. Stalin, ao contrário, em julho, ao pronunciar um discurso em Tíflis, insiste na necessidade de “esmagar a hidra do nacionalismo” e de “destruir a ferro incandescente” os sinais de vida desta ideologia (Villanueva, 1987: 455-459).
O conflito eclode, no que diz respeito, de um lado, às divergências entre Stalin e Ordjonikidze, de outro, entre os comunistas georgianos, Mdivani e seus amigos apoiados por Lênin, com relação ao grau de autonomia da República Soviética da Geórgia na União Soviética em formação. Para além das questões locais, o que estava em questão era simplesmente o futuro da URSS. Lênin, numa luta tardia e
desesperada contra o chauvinismo grã-russo do aparelho burocrático, consagrou os últimos momentos de lucidez a desafiar seu principal chefe e representante dessa tendência: Joseph Stalin. Não parou de denunciar, em notas ditadas a sua secretária em dezembro de 1922, o espírito grão-russo e chauvinista “desse patife e desse opressor que é, no fundo, o típico burocrata russo”, e a atitude de um certo georgiano“ que lança desdenhosamente acusações ao ‘social-nacionalismo’ (enquanto ele próprio é não somente um verdadeiro, um autêntico ‘social-nacional’, como ainda é um brutal agente de polícia grã-russo)”. Lênin, aliás, não hesita em nomear o Comissário do Povo para as Nacionalidades: “Eu penso que um papel fatal foi desempenhado aqui pela pressa de Stalin e seu gosto pela administração, assim como por sua irritação contra o famoso ‘social-nacionalismo’. Voltando ao assunto georgiano, ele insiste: “É normal que Stalin e Dzerjinski sejam, do ponto de vista político, os responsáveis dessa
campanha fundamentalmente nacionalista grão-russa”. A conclusão desse testamento de Lênin” foi, como se sabe, a proposta de substituir Stalin no topo do secretariado geral do Partido. Infelizmente, era tarde demais...10
Enquanto o procedimento de Stalin era fundamentalmente estatal e burocrático – reforço do aparelho, centralização do Estado, unificação administrativa – Lênin estava, antes de tudo, preocupado com a repercussão internacional da política soviética: “o prejuízo que pode causar a nosso Estado a falta de aparelhos nacionais unificados ao aparelho russo é infinita e incomensuravelmente menor que aquele que resultará para nós, para toda a Internacional, para as centenas de milhões de homens dos povos da Ásia, que aparecerá depois de nós na vanguarda da cena histórica num futuro próximo”.
Nada seria tão perigoso para a revolução mundial do que “adotarmos, mesmo em questões de detalhe, relações imperialistas com as nacionalidades oprimidas, despertando assim a suspeita sobre a sinceridade de nossos princípios, sobre nossa justificativa do princípio da luta contra o imperialismo” (Lenin, 1968: 244-245).
 A imobilização de Lênin, por um novo ataque cerebral no início de 1923, afastou o principal obstáculo ao controle do aparelho do partido por Stalin.
Trotsky, que se tornou, desde 1923, o principal adversário da burocracia stalinista, retomou, por sua conta, o combate de Lênin contra o chauvinismo burocrático. A plataforma da oposição de esquerda (1927) defende os velhos bolcheviques georgianos “colocados em desgraça por Stalin” mas “calorosamente defendidos por Lênin durante o último período de sua vida”. A plataforma exige a publicação dos últimos textos de Lênin sobre a questão nacional – deixados na gaveta por Stalin – e, na conclusão, insiste em que o “chauvinismo, sobretudo quando se manifesta por intermédio do aparelho de Estado, permanece o principal inimigo da aproximação e da união das massas trabalhadoras das diversas nacionalidades”11.
Apesar de, ainda em 1940, Trotsky não questionar a “sovietização” forçada da Geórgia – na sua biografia de Stalin, critica sobretudo o método e a escolha do momento, mas não o princípio da intervenção (Trotsky, 1969: 46) –, nos artigos sobre a Ucrânia, em 1939, proclama alta e fortemente o direito desta nação à autodeterminação e sua simpatia pela perspectiva de uma Ucrânia soviética independente da URSS. Neste texto se volta também para os debates dos anos 20 sobre a Geórgia e a Ucrânia, que apresenta como um confronto entre “a tendência mais centralista e a mais burocrática”
representada “invariavelmente” por Stalin, e as propostas de Lênin que insistiam na urgência de “fazer justiça, na medida do possível, à estas nacionalidades outrora oprimidas”. Desde esta época – complementa – os aspectos centralistas-burocráticos
“se desenvolveram monstruosamente e estrangularam por completo qualquer espécie de desenvolvimento nacional independente dos povos da URSS” (Trotsky, 1939: 184-188).
Moral – provisória – da história, à luz da experiência da revolução de outubro – mas também dos recentes acontecimentos na Europa (fragmentação da ex-Iugoslávia):
1. A utopia – no sentido forte do termo – de uma livre federação socialista de nações iguais em direito, gozando do direito de separação, e assegurando às minorias nacionais uma plena autonomia territorial e/ou cultural, permanece duplamente atual. Por um lado, ante os confrontos étnicos; e, por outro, diante das unificações neoliberais que se realizam sob a égide do capital financeiro.
2. O direito das nações à livre disposição de si próprias não pode ser subordinado a
nenhum outro objetivo – por mais antiimperialista, proletário ou socialista que seja – mas unicamente limitados pelos direitos democráticos das outras nações. Em outros termos: uma nação não pode se valer da autodeterminação para negar o direito de nações vizinhas, para oprimir suas próprias minorias ou praticar a “faxina étnica” no seu território.
3. Do ponto de vista internacionalista, que é o do marxismo, as questões de fronteiras, os “direitos históricos” e as reivindicações territoriais “ancestrais” são desinteressantes. O critério principal para tomar posição diante dos conflitos nacionais e das exigências nacionais contraditórias é a democracia.
4. Os revolucionários são, via de regra – a principal
exceção sendo situações de tipo colonial –, mais favoráveis às grandes federações multinacionais – à condição de que sejam autenticamente democráticas – do que aos pequenos Estados pretensamente “homogêneos”.
Lutarão para convencer os povos implicados, mas são estes últimos, no exercício democrático do direito à autodeterminação, que devem, em última análise, decidir por uma ou outra forma de organização política.

Resumo:
Dolorosas experiências e notáveis estudos evidenciam cada vez mais: a questão nacional, suas esperanças,
seus desafios e suas armadilhas, estava no âmago da revolução de outubro. A esta questão, que punha em
jogo nada menos do que o futuro da URSS, Lênin consagrou seus últimos esforços. O artigo aborda esta
dimensão de outubro, do marxismo e da luta pela emancipação.

Artigo publicado inicialmente em  Critique communiste , 150, outono de 1997. Traduzido por Renata Gonçalves e
Lúcio Flávio Rodrigues de Almeida, membros do NEILS.∗∗, autor de vários livros, diretor de pesquisa no CNRS. Publicou recentemente Nacionalismos e Internacionalismos – da época de Marx até nossos dias , São Paulo, Xamã, 2000.1
Pode-se encontrar trechos dos principais textos do debate marxista “clássico” sobre a questão nacional na antologia organizada por HAUPT, Georges; LÖWY, Michaël & WEILL, Claudie (1997). 2A questão das nacionalidades e a social-democracia (nt).
3 União Geral dos Operários Judeus da Lituânia, Polônia e Rússia (nt).
4 É verdade que Lênin nunca criticou a brochura de Stalin, provavelmente porque, no ponto principal, a considerava conforme à doutrina bolchevique.
5 A esse respeito, ver Traverso (1990: 151). De acordo com Lênin, “a autonomia nacional cultural (...) é a corrupção dos operários, com a palavra de ordem da cultura nacional e a propaganda da divisão do ensino por nacionalidades, profundamente prejudicial e até mesmo antidemocrática” (Lenin, 1968: 6). Num outro texto, Lênin compara a idéia bundista de escolas judias distintas com as escolas separadas para negros ao sul dos Estados Unidos (1968: 38-39).
6 Entre os erros cometidos naquela época, pode-se mencionar a integração forçada, à República soviética de
Azerbaijão, da região do Alto Karabakh, habitada majoritariamente por armênios. O conflito explodiria no final dos
anos 80.
7 Ver a este respeito a interessante obra de Villanueva (1987: 352-354).
8 Ver a excelente análise de Traverso (1997: 171). Este autor observa que o principal problema foi a proibição das
publicações e do ensino do hebraico, com o objetivo de “modernização” e de combate à religião. Foi uma tentativa
injustificável de arrancar à nação judia suas raízes históricas, sua tradição e seu passado cultural.
9 Citado por Weistock que, na época, militante marxista revolucionário, tenta justificar o raciocínio de Trotsky, mas admite que, sobre este assunto, seus argumentos são fracos: “reconhecemos aliás que as explicações fornecidas por Trotsky sobre este assunto constituem uma tentativa pouco convincente de expor uma versão errônea dos fatos. Como poderia ser de outro modo, sabendo que ele foi um adversário resoluto da revolução pela conquista, pois esta reanimaria, nos povos libertos do regime burguês, o nacionalismo anti-russo engendrado pela opressão czarista?” (1970:25).
10 Lenin, “La question des nationalités ou de l’autonomie” (1968: 238-244). Cf. Lewine (1967).
11 Les Bolchéviks contre Staline, 1923-1928, Paris, Publicações da “Quatrième Internacionale” (1957: 116-117).


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